Un explorador Jerezano en el Río de la Plata (tres)

Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

Como ya probablemente sabrás por las entradas anteriores, el jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca, enrolado en la expedición a la Florida a cargo de Pánfilo Narváez, pasó 10 años recorriendo el norte de América.

Durante dicha década aprendió mucho sobre las tribus nativas, se granjeó buena reputación como chamán y se ganó la vida como comerciante entre las tribus de la costa primero, y luego entre las del interior.

En 1537 regresa a España y escribe una declaración de lo sucedido para la Audiencia del Consejo de Indias, que luego desarrolló hasta derivar en su primera obra, “Naufragios.”

El reconocimiento

El rey Carlos V, decidió otorgar al jerezano la capitanía general, la gobernación y el título de adelantado de La Plata.

Estos títulos le venían al dedillo para otra expedición a la que el rey ya pensaba en otorgarle, relacionada con aquél lugar…

Antecedentes

Primera circunnavegación. Magallanes y Elcano.

Desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, se pretendía encontrar el paso que comunicaba el Mar Atlántico con el Mar del Sur hacia las Molucas, las islas de las especias.

Entre 1515 y 1516, Fernando el Católico ordena una la expedición a Juan Díez de Solís.

En ella se documentó con certeza el descubrimiento del Río de la Plata, bautizado como río de Solís.

Allí sería donde el explorador falleció, sin conseguir el objetivo de la expedición, la cual tuvo que regresar de nuevo a España.

Según el Tratado de Tordesillas, Solís fue el primero en tomar posesión de los territorios al sur del Brasil portugués.

Tras la primera Circunnavegación de Magallanes y el Cano y el descubrimiento del tan ansiado paso entre los dos mares (estrecho de Magallanes) en 1535, otra expedición, a cargo de Pedro de Mendoza partió hacia el Río Solís con once barcos.

Pedro de Mendoza en el Río de la Plata.

Esta expedición tampoco tuvo buen fin para Pedro Mendoza, que acabó como Solís enfermo y corrió con la misma suerte, esta vez navegando hacia España.

Los once barcos de la expedición de Mendoza fueron dispersados por una tempestad, llegando algunos a Río de Janeiro y otros al de la Plata. Una vez reagrupados, fundaron el “Puerto de Nuestra Señora del Buen Aire”, zona extremadamente hostil, donde los ataques se producían constantemente.

Antes de partir para España, Pedro de Mendoza nombró como lugarteniente para ocupar su cargo a Juan de Ayolas.

Álvar Núñez, parte por segunda vez a las Américas.

Debido a la desesperante situación en la que había quedado la zona del Río de la Plata, donde Juan de Ayalas ejercía su poder de malas maneras sin respetar al nativo o al español, el rey Carlos V consideró que Cabeza de Vaca era el idóneo para ir al socorro de la expedición inconclusa por el fallecimiento de Mendoza.

La Capitulación de la expedición al Río de la Plata.

Asombrosamente, Álvar estaba obligado a costearla debiendo desembolsar 8.000 ducados estipulados para armas, navíos, tripulación y todos los pertrechos necesarios. El lado bueno era que el jerezano se quedaría con la doceava parte de todos los beneficios proporcionados gracias a la expedición.

Rumbo a las Américas, por segunda vez.

Reunidas en Sevilla dos naos y una carabela, 400 soldados y sus pilotos, junto a 40 caballos, la expedición parte a finales de 1540 hacia el puerto de Cádiz, y de aquí a las Canarias para continuar hacia Cabo Verde en África, pues hubo que reparar la nave capitana.

Finalmente, para principios del 1541 parten con cuatro barcos hacia Santa Catalina, donde arriban 5 meses después.

En Río de Janeiro.

Nada más llegar, dos frailes corren hacia los hombres en los barcos pidiendo socorro, seguidos de otros españoles, aquejados del ataque de los nativos y la insostenible situación que estaban soportando.

Álvar consigue poner paz entre los indígenas y mandar a los frailes a evangelizarles. En cuanto a los españoles, los acoge entre sus hombres porque tenían buenos conocimientos náuticos y de pilotaje de naves.

Hacia la Asunción.

La expedición por el Río de la Plata en Canoa.

Para llegar al norte, a la Asunción, Álvar decide dividir la expedición por tierra y por mar. Nuestro jerezano, haciendo caso omiso a los nativos que les exhortaba a volver al mar para no caer en la fiereza de los indios de aquella zona, se adentró por tierra a la aventura.

Descubrimiento de las cataratas de Iguazú.

Cataratas de Iguazú.

Siguiendo el camino con los indios guaraníes y ataviados con canoas, navegan el río Paraná, bautizado río de Solís, o de la Plata.

Llegados a un punto, notan como la navegación se hace mucho más rápida, señal de posible salto de agua. Siguiendo a pie, encontraron ese salto de agua, unas impresionantes cataratas que bautizaron como “Salto de Santa María.”

Llegada a la Asunción.

El panorama que se encuentra Cabeza de Vaca era realmente caótico debido al maltrato abusivo por parte del gobernador Domingo Martínez de Irala.

Finalmente, en 1542, Álvar tomar su cargo y trata de poner paz en toda la región.

Los nativos, que ya lo tenían en gran estima, estaban felices de tener a alguien que los entendía y los trataba como uno más. Alguien que sí cumplía las leyes dadas por los Reyes Católicos de tratar a los nativos como un español más.

Sin embargo, esto desagradaba a partidarios de Irala. Estos eran hombres sin escrúpulos, cegados por conseguir riquezas y fama. Y el buen trato que recibían los nativos era un gran impedimento para la consecución de sus planes.

Con tretas y artimañas, Irala y los suyos se sublevaron contra Cabeza de Vaca, quien acabó siendo apresado, acusado de querer despojarles de todos sus derechos y querer ser más que el rey, proclamándose como tal en la región.

Poco pudieron hacer los hombres y partidarios del jerezano, y menos los nativos, que no lograron ayudarle.

Once meses lo mantuvieron en prisión hasta que en 1545, estando gravemente enfermo, es enviado de vuelta a España con los grilletes para ser juzgado.

El chamán que calmaba tempestades.

Como no podía ser de otra manera, la travesía de regreso sufrió una terrible tempestad que atemorizó hasta el último tripulante del navío en el que se encontraba Álvar.

En medio del temporal, Cabeza de Vaca se levantó y, ni corto ni perezoso, alzó la voz proclamando que si le soltaban él calmaría la tempestad… No sabemos si este grito sería por el mal estado de salud que atravesaba, pero lo cierto es que, aunque no consiguió su objetivo, la tempestad amainó al instante.

En España.

Como ya sabía que iba a ser llamado a declarar en la Audiencia del Consejo de Indias, Álvar redactó durante el regreso el informe para exponerlo a su llegada. Esta vez también debía exponer bien su defensa.

El Consejo de Indias lo condena primeramente con el destierro de las Américas y a servir en Orán. Pero Cabeza de Vaca no estaba dispuesto a aceptar ni lo uno, ni lo otro, así que apeló la condena.

En 1552, el Consejo dictó sentencia definitiva, ahora favorable para el jerezano, concediéndole 2000 ducados anuales y el cargo de juez supremo del tribunal de Sevilla. Sin embargo, le quedaba totalmente prohibido volver a poner un pie en tierras americanas.

Los últimos años.

Sin poder satisfacer sus deseos de regresar Álvar se afincó de nuevo en Sevilla y decidió tomar los hábitos y fue prior en uno de los numerosos conventos de la ciudad, donde probablemente fallecería años más tarde, en 1558.

Y ahora si que acaba aquí mi repaso por la vida de este valeroso paisano mío, ínfima parte de lo que realmente vivenció me temo…

Si te ha gustado, como broche final, hablaré de sus monumentos, especialmente el que se le levantó en su ciudad.

¡GRACIAS!

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